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María dijo Si a la Vida…

 

 

298111_488073147932814_798353893_nMaría pide una respuesta, no propiamente para entender los designios de Dios, sino para llevarlos a cabo…

María se entrega a una completa disponibilidad para todo lo que Dios le presenta , hacer la Voluntad de lo que se le regala….se anonada a si misma en humildad y se hace esclava de la promesa…

 

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Es el FIAT único. San Agustín afirma que María “concibió a Dios en su corazón antes que en su cuerpo”. 

Se dispuso realizar  el camino con prontitud  y nos enseñó los gestos de encuentro que nos deben caracterizar: servir  y portar a Jesucristo muy dentro para poder revelarlo a quienes aún no lo conocen como el «Amor Grande». 

Es así que es maestra que orienta nuestro caminar en el tiempo y en la historia. 

En María está representada la figura femenina : delicada, concentrada, silenciosa…

María agradece y adora, se deja amar . María anuncia lo que siente; y es Jesús el que procede a la acción. Ella es la intercesora de necesidades de hombres y mujeres.

 

María la 298111_488073147932814_798353893_nujer de fe es camino que conduce al Camino verdadero…Ella ha creído en su Hijo, ha escuchado su palabra y la ha cumplido…

María es fruto del AMOR…

Dios te bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

Feliz Nacimiento !!! 

La Maternidad de María, Nuestra Madre …

 

El Concilio Vaticano II habla así de María al pie de la cruz: «También la Santísima Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado» (Lumen Gentium, 58.) . Consentir en la inmolación de la víctima que ella había engendrado fue como inmolarse a sí misma.

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«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» Evangelio según San Juan (Jn 19,25-30).

Al estar «de pie» junto a la cruz, la cabeza de María quedaba a la altura de la cabeza inclinada de su Hijo. Sus miradas se encontraron. Cuando le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Jesús la miró y por eso no sintió necesidad de llamarla por su nombre para distinguirla de las demás mujeres. ¿Quién podrá penetrar el misterio de aquella mirada entre la madre y el Hijo en aquella hora? Una alegría tremendamente dolorida pasaba de uno a otra, como el agua entre los vasos comunicantes, y esa alegría provenía del hecho de que ya no ofrecían la menor resistencia al dolor, de que estaban sin defensas ante el sufrimiento, de que se dejaban inundar libremente por él. A la lucha le sucedía la paz. Habían llegado a ser una sola con el dolor y el pecado de todo el mundo. Jesús en primera persona, como «víctima de propiciación por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2,2); María indirectamente, por su unión corporal y espiritual con su Hijo.

Lo último que hizo Jesús, antes de adentrarse en la oscuridad de la agonía y de la muerte, fue adorar amorosamente la voluntad de su Padre. María lo siguió también en eso: también ella adoró la voluntad del Padre antes de que descendiese sobre su corazón una terrible soledad y se hiciese la oscuridad en su interior, como se hizo la oscuridad «sobre toda aquella región» (cf Mt 27,45). Y aquella soledad y aquella adoración se quedaron clavadas allí, en el centro de su vida, hasta la muerte, hasta que llegó también para ella la hora de la resurrección.

Un salmo que la liturgia aplica a María dice: «Todos han nacido allí… Se dirá de Sión: ‘Uno por uno todos han nacido en ella…’ El Señor escribirá en el registro de los pueblos: ‘Éste ha nacido allí»’ (Sal 87,2ss). Es verdad: todos hemos nacido allí; se dirá de María, la nueva Sión: Uno por uno todos han nacido en ella. En el libro de Dios está escrito, de mí, de ti, de todos y cada uno, incluso de los que todavía no lo saben: «¡Este ha nacido allí!»

¿Pero no hemos sido regenerados por la «palabra de Dios, viva y duradera» (1 P 1,23)? ¿No hemos «nacido de Dios» (Jn 1,13) y renacido «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5)? Ciertísimo, pero eso no quita para que, en otro sentido, hayamos nacido también de la fe y del sufrimiento de María. Si Pablo, que era servidor de Cristo, pudo decir a sus fieles: «por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1 Co 4,15), ¡ con cuánta mayor razón podrá decirlo María, que es su Madre! ¿Quién, mejor que ella, puede hacer suyas aquellas palabras del Apóstol: «Hijos míos, a quienes doy a luz de nuevo» (Ga 4,19)? Ella nos da a luz «de nuevo» en este momento, porque nos ha dado ya a luz por primera vez en la encarnación, cuando entregó al mundo la «Palabra de Dios viva y eterna» que es Cristo, en la que hemos renacido.

 Desde el siglo XV. Algunos temían que se quisiera poner a María al mismo nivel de Cristo. En realidad, la enseñanza de la Iglesia destaca con claridad la diferencia entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, ilustrando la subordinación de la Virgen, en cuanto cooperadora, al único Redentor.

 Por lo demás, el apóstol Pablo, cuando afirma: «Somos colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), sostiene la efectiva posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios. La cooperación de los creyentes, que excluye obviamente toda igualdad con él, se expresa en el anuncio del Evangelio y en su aportación personal para que se arraigue en el corazón de los seres humanos.

 El término «cooperadora» aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio.

Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente ella fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad.

El particular papel de cooperadora que desempeñó la Virgen tiene como fundamento su maternidad divina. Engendrando a Aquel que estaba destinado a realizar la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo en el templo y sufriendo con él, mientras moría en la cruz, «cooperó de manera totalmente singular en la obra del Salvador» (Lumen gentium, 61). Aunque la llamada de Dios a cooperar en la obra de la salvación se dirige a todo ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad representa un hecho único e irrepetible

El Vaticano II no sólo presenta a María como la «madre del Redentor», sino también como «compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas», que colabora «de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor».

Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: «Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61).

Por tanto, podemos dirigirnos con confianza a la Virgen santísima, implorando su ayuda, conscientes de la misión singular que Dios le confió: colaboradora de la redención, misión que cumplió durante toda su vida y, de modo particular, al pie de la cruz.

María en el orden de la vida espiritual es nuestra querida Mamá…Feliz quien a descubierto la gracia de sabernos sus hijos…  

 

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Lluvia de Bendiciones para Ti.

Madre de mi Confianza…

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          ¡Reina mía soberana, digna de mi Dios, María!

Gracias por ser Santa María.
Gracias por haberte abierto a la gracia,
y a la escucha de la Palabra,
desde siempre.
Gracias por haber acogido
en tu seno purísimo
a quien es
la Vida y el Amor.
Gracias por haber mantenido
tu «Hágase»
a través de todos
los acontecimientos de tu vida.
Gracias por tus ejemplos
dignos de ser acogidos
y vividos.
Gracias por tu sencillez,
por tu docilidad,
por esa magnífica sobriedad,
por tu capacidad de escucha,
por tu reverencia,
por tu fidelidad,
por tu magnanimidad,
y por todas aquellas virtudes
que rivalizan en belleza
entre sí
y que Dios nos permite
atisbar en Ti.
Gracias por tu mirada maternal,
por tus intercesiones,
tu ternura,
tus auxilios y orientaciones.
Gracias por tantas bondades.
En fin,
gracias por ser Santa María,
Madre del Señor Jesús
y nuestra.
Amén.

15Fr

Salve, canto de los querubines
y alabanza de los ángeles.
Salve, paz y alegría de la humanidad.
Salve, Jardín de las delicias.
Salve, Árbol de la vida.
Salve, Baluarte de los fieles.
Salve, Puerto de los náufragos.
Salve, reclamo de Adán.
Salve, rescate de Eva.
Salve, Templo santísimo.
Salve, Trono del Señor.
Salve, Virgen, que has aplastado
la cabeza del dragón precipitado al fuego.
Salve, Refugio de los afligidos.
Salve, Rescate de la maldición.
Salve, Madre de Cristo, Hijo de Dios vivo.
A Él toda gloria, honor, adoración y alabanza,
ahora y siempre
y en todo lugar,
por los siglos. Amén.

15Fr

¡Oh Madre de misericordia!
Intercede ante Dios
y obtén para nosotros la gracia
de la reconciliación cristiana de los pueblos.
Obtén para nosotros las gracias
que en un instante puedan convertir los corazones
humanos,
aquellas gracias que puedan preparar y asegurar la
anhelada paz.
Reina de la Paz,
ruega por nosotros
y logra para el mundo
la paz en la verdad,
en la justicia,
en la caridad de Cristo.
S.S. Pio XII

Gracias por esta hermosa foto a Hijo de María.

Dios te bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

 

PRÁÇTICA DE LA DEVOCIÓN DEL AVE MARIA…

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Rezar por la mañana y por la noche tres Ave Marías de rodillas, añadiendo después de cada Ave María la oración: Oh María, por tu Inmaculada Concepción, haz casto mi cuerpo y santa mi alma. Seguidamente pedirle la bendición a María como verdadera Madre que es. Tener por costumbre  colocarse bajo el manto protector de Nuestra Señora, pidiéndole que nos libre durante el día y la noche de caer en pecado y de cualquier asechanza. Exponer una imagen de la Virgen cerca de nuestra cama para que custodie nuestro sueño.

SL09CenterRezar el Angelus con las tres Ave Marías al amanecer, al mediodía y al caer la tarde. En tiempo de Pascua se reza el Regina Coeli.

SL09CenterSaludar a la Madre de Dios con el Ave María al oír el reloj. Saludar a la Virgen con el Ave María al salir de casa o al entrar, para que dentro o fuera nos libre del pecado.

SL09CenterSaludar con el Ave María a toda imagen de la Virgen que encontremos.

SL09CenterRezar un Ave María al principio o al fin de las acciones, ya sean éstas espirituales, ya sean temporales. ¡Dichosas las acciones que van enmarcadas entre dos Ave Marías! Y así, al despertarse por la mañana o al cerrar los ojos para dormir, en toda tentación, en todo peligro, rezar siempre el Ave María.

La Dulce Doncella de Nazaret recibe con gozo este saludo, porque al oírlo reverdece el gozo que sintió cuando el Arcángel San Gabriel le anunció que iba a ser la Madre del Salvador…

Al oírlo todo el cielo se regocija, pero así también tiembla y huye el demonio al instante de nombrar el dulce nombre de María. Invocar a María es para el Hijo anuncio de gracia si es que la misma conviene para la salvación del alma.

Dios te Bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

Nuestra Señora de Itatí

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Himno a la VIRGEN DE ITATÍ

Señora de la selvas
y pueblos guaraníes
¡qué dulce nos sonríes,
divina aparición!

Escucha este himno
de férvida alabanza
con vuelos de esperanza
nacido en la oración.

Mira a los fieles, Madre,
que de su amor en prenda
dedícante la ofrenda
más grata a su humildad.
Tus siervos te saludan
del orbe soberana,
lucero en la mañana,
luna en la oscuridad.

Pues en el cielo reinas,
y en nuestros corazones,
queremos tus blasones
sin mancha hoy acrecer
al coronar tu imagen
con la imperial diadema
que es en la tierra emblema
de gloria y de poder.

El homenaje acepta
de antigua fe sencilla,
protege al que se humilla
delante del altar; sé blanda a nuestras preces,
enjuga nuestro llanto,
y da a besar el manto
a quien te sabe amar.

Al blanco, al negro, al indio
que acampa entre jaguares,
en su infortunio ampares
Oh Virgen de Itatí
y bendecida seas
por siempre lirio y palma,
mientras contrita el alma
del mundo sube a ti.

Carlos Guido y Spano , argentino, 1829-1918

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ORACIÓN

 
 
                                      Tiernísima Madre de Dios y de los hombres que, bajo la advocación
                                      de la pura y limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí
                                      miraste con ojos de misericordia por más de cuatro siglos
                                      a todos los que te han implorado,
                                      o deseches ahora las súplicas de este tu hijo,
                                      que humildemente recurre a ti..
                                      Atiende mis necesidades, que tu mejor que yo las conoces.
                                      Y, sobre todo, Madre mía,
                                      concédeme un gran amor a tu divino Hijo Jesús
                                      paciencia en la vida, fortaleza en las tentaciones
                                      Y consuelo en la muerte.
                                    Así sea.
 
 
Lluvia de Bendiciones para Tí.
 

SOLEDAD Y SILENCIO*****SILENCIO Y SOLEDAD

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.. (Sal 41) …

 

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… La iglesia siempre elogió la soledad y el silencio como un medio para acercarnos a Nuestro Señor y Nuestra Señora. El lograr el silencio y la soledad interior permite una unión más estrecha con Nuestro Señor y Nuestra Señora. Muchas veces la Virgen escoge personas que se retiran de los demás y los llama a una vocación más alta. Otras veces se permite que alguien sea tan aislada que podría perder su apego a las cosas terrenales y las amistades mundanas. Es una oportunidad de oro para ser más humildes, para distanciarse del mundo, y para adquirir el espíritu más noble y más elevado. Estos son algunos de los buenos frutos de la soledad.

También hay otro tipo de aislamiento que menudo ocurre. Es el de la persona que no encaja en el mundo. Una persona así se entiende mal y no es bien aceptada por sus parientes, conocidos y compañeros de trabajo, y por lo tanto se convierte en aislado.

La soledad para algunos, es la oportunidad de encontrar algo de calma y tranquilidad, pero para otros, quizás para la mayoría, es el temor de enfrentarse consigo mismos y de correr el riesgo de que no les guste lo que encontrarán en su interior. Es posible que se quejen de que su situación es injusta, muchas veces una persona no ve que este aislamiento involuntario puede ser un regalo de Nuestra Señora para unirse con ella. Las almas que realmente buscan esa intimidad con Ella, se encuentran interiormente en pensamiento, espírtu, jaculatorias , sabiendo que María no se queda con nada, pués todo se lo entrega a su Hijo.

Cuando se acerca a una persona, es amable, pero aún así se nota que la mayor parte de su alma sostiene un libro silencioso y misterioso, porque tiene una zona de intimidad con la Virgen. Esta parte de su alma actúa como una especie de santuario interior que es la cosa más preciosa que tiene. Por lo tanto, hay muchas ventajas en los distintos tipos de soledad y aislamiento que puede producir frutos extraordinarios y buenos para el alma. San Simeón tenía la misión de la Iglesia de mostrar el valor de la soledad y el aislamiento. Pidámosle que nos ayude a entender y tener el gusto por ese tipo de posición espiritual, de modo que alejarnos de los ruidos y de las cosas del mundo nos sean necesarios para lograr la unión que estamos llamados a tener con Nuestro Señor y Nuestra Señora.

Dios te Bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

 

Santa Catalina de Siena.

Santa Catalina,
amada esposa de Cristo,
que fuiste iluminada por Dios
para ser consejera en la fe y en la verdad
de Papas, Obispos y hombres importantes
de tu tiempo,
intercede por los Pastores de la Iglesia
por la sabiduría para guiar al Pueblo de Dios,
el amor para hacerse cargo de las heridas del hombre de hoy,
el valor parta indicar el camino de la Verdad.

Tu corazón entregado totalmente a Jesús
te permitió leer la realidad
de la vida y del mundo con Sus ojos,
recibir las pequeñas y grandes necesidades
de la humanidad y de la Iglesia;
tú , verdadera mujer de Dios, ayúdanos
a ver la vida con la mirada de Dios,
a tomar decisiones justas y sabias
para nosotros y parta las personas
que el Señor nos ha confiado.

¡Santa Catalina de Siena,
ruega por nosotros!

Amén.

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Benedicto XVI: Catalina de Siena, copatrona de Europa

Audiencia General

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 24 de noviembre de 2010- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI con peregrinos procedentes de todo el mundo.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera hablaros de una mujer que ha tenido un papel eminente en la historia de la Iglesia. Se trata de santa Catalina de Siena. El siglo en que vivió – el decimocuarto – fue una época difícil para la vida de la Iglesia y para todo el tejido social en Italia y en Europa. Con todo, incluso en los momentos de mayor dificultad, el Señor no cesa de bendecir a su Pueblo, suscitando Santos y Santas que sacudan las mentes y los corazones provocando conversión y renovación. Catalina es una de estas y aún hoy nos habla y nos empuja a caminar con valor hacia la santidad para ser de forma cada vez más plena discípulos del Señor.

Nacida en Siena, en 1347, en una familia muy numerosa, murió en su ciudad natal en 1380. A la edad de 16 años, impulsada por una visión de santo Domingo, entró en la Orden Terciaria Dominica, en la rama femenina llamada Mantellate [llamadas así por llevar un manto negro, n.d.t.]. Permaneciendo con la familia, confirmó el voto de virginidad que había hecho de forma privada cuando era aún adolescente, se dedicó a la oración, a la penitencia, a las obras de caridad, sobre todo en beneficio de los enfermos.

Cuando la fama de su santidad se difundió, fue protagonista de una intensa actividad de consejo espiritual hacia toda categoría de personas: nobles y hombres políticos, artistas y gente del pueblo, personas consagradas, eclesiásticos, incluido el papa Gregorio XI, que en aquel periodo residía en Aviñón y a quien Catalina exhortó enérgica y eficazmente a volver a Roma. Viajó mucho para solicitar la reforma interior de la Iglesia y para favorecer la paz entre los Estados: también por este motivo el Venerable Juan Pablo II la quiso declarar Copatrona de Europa: para que el Viejo Continente no olvide nunca las raíces cristianas que están en la base de su camino y siga tomando del Evangelio los valores fundamentales que aseguran la justicia y la concordia.

Catalina sufrió mucho, como muchos Santos. Alguno pensó incluso que había que desconfiar de ella hasta el punto de que en 1374, seis años antes de su muerte, el capítulo general de los Dominicos la convocó a Florencia para interrogarla. Le pusieron al lado a un fraile docto y humilde, Raimundo de Capua, futuro Maestro General de la Orden. Convertido en su confesor y también en su “hijo espiritual”, escribió una primera biografía completa de la Santa. Fue canonizada en 1461.

La doctrina de Catalina, que aprendió a leer con dificultad y a escribir cuando era ya adulta, está contenida en el Diálogo de la Divina Providencia o bien Libro de la Divina Doctrina, una obra maestra de la literatura espiritual, en su Epistolario y en la colección de las Oraciones. Su enseñanza está dotada de una riqueza tal que el Siervo de Dios Pablo VI, en 1970, la declaró Doctora de la Iglesia, título que se añadía al de Copatrona de la Ciudad de Roma, por voluntad del Beato Pío IX, y de Patrona de Italia, por decisión del Venerable Pío XII.

En una visión que nunca se borró del corazón y de la mente de Catalina, la Virgen la presentó a Jesús, que le dio un espléndido anillo, diciéndole: «Yo, tu Creador y Salvador, te desposo en la fe, que conservarás siempre pura hasta cuando celebres conmigo en el cielo tus bodas eternas” (Raimundo de Capua, S. Catalina de Siena, Legenda maior, n. 115, Siena 1998). Ese anillo le era visible solo a ella. En este episodio extraordinario advertimos el centro vital de la religiosidad de Catalina y de toda auténtica espiritualidad: el cristocentrismo. Cristo es para ella como el esposo, con el que hay una relación de intimidad, de comunión y de fidelidad; es el bien amado sobre cualquier otro bien.

Esta unión profunda con el Señor está ilustrada por otro de la vida de esta insigne mística: el intercambio del corazón. Según Raimundo de Capua, que transmite las confidencias recibidas de Catalina, el Señor Jesús se le apareció con un corazón humano rojo resplandeciente en la mano, le abrió el pecho, se lo introdujo y dijo: “Queridísima hija, como el otro día tomé el corazón tuyo que me ofrecías, he aquí que ahora te doy el mío, y de ahora en adelante estará en el lugar que ocupaba el tuyo” (ibid.). Catalina vivió verdaderamente las palabras de san Pablo, “…no vivo yo, sino que Cristo vive en mi» (Gal 2,20).

Como la santa de Siena, todo creyente siente la necesidad de conformarse a los sentimientos del Corazón de Cristo para amar a Dios y al prójimo como el mismo Cristo ama. Y todos nosotros podemos dejarnos transformar el corazón y aprender a amar como Cristo, en una familiaridad con Él nutrida por la oración, por la meditación sobre la Palabra de Dios y por los Sacramentos, sobre todo recibiendo frecuentemente y con devoción la santa Comunión. También Catalina pertenece a este grupo de santos eucarísticos con la que quise concluir mi Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (cfr n. 94). Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es un extraordinario don de amor que Dios nos renueva continuamente para nutrir nuestro camino de fe, revigorizar nuestra esperanza, inflamar nuestra caridad, para hacernos cada vez más semejantes a Él.

Alrededor de una personalidad tan fuerte y auténtica se fue construyendo una verdadera y auténtica familia espiritual. Se trataba de personas fascinadas por la autoridad moral de esta joven mujer de elevadísimo nivel de vida, y quizás impresionadas también por los fenómenos místicos a los que asistían, como los frecuentes éxtasis. Muchos se pusieron a su servicio y sobre todo consideraron un privilegio ser guiados espiritualmente por Catalina. La llamaban “mamá”, pues como hijos espirituales tomaban de ella la nutrición del espíritu.

También hoy la Iglesia recibe un gran beneficio del ejercicio de la maternidad espiritual de tantas mujeres, consagradas y laicas, que alimentan en las almas el pensamiento de Dios, refuerzan la fe de la gente y orientan la vida cristiana hacia cimas cada vez más elevadas. “Hijo os digo y os llamo – escribe Catalina dirigiéndose a uno de sus hijos espirituales, el cartujo Giovanni Sabatini -, en cuanto que os doy a luz a través de continuas oraciones y deseo en presencia de Dios, así como una madre da a luz a su hijo» (Epistolario, Carta n. 141: A don Giovanni de’ Sabbatini). Al fraile dominico Bartolomeo de Dominici solía dirigirse con estas palabras: «Dilectísimo y queridísimo hermano e hijo en el dulce Jesucristo».

Otro rasgo de la espiritualidad de Catalina está ligado al don de las lágrimas. Estas expresan una sensibilidad exquisita y profunda, capacidad de conmoción y de ternura. No pocos santos tuvieron el don de las lágrimas, renovando la emoción del mismo Jesús, que no reprimió ni escondió su llanto ante el sepulcro del amigo Lázaro y al dolor de María y de Marta, y a la vista de Jerusalén, en sus últimos días terrenos. Según Catalina, las lágrimas de los Santos se mezclan con la Sangre de Cristo, de la que ella habló con tonos vibrantes y con imágenes simbólicas muy eficaces: “Tened memoria de Cristo crucificado, Dios y hombre (…). Poneos por objetivo a Cristo crucificado, escondeos en las llagas de Cristo crucificado, ahogaos en la sangre de Cristo crucificado» (Epistolario, Carta n. 16: A uno cuyo nombre se calla).

Aquí podemos comprender por qué Catalina, aún consciente de las debilidades humanas de los sacerdotes, hubiese tenido siempre una grandísima reverencia por ellos: ellos dispensan, a través de los Sacramentos y la Palabra, la fuerza salvífica de la Sangre de Cristo. La Santa de Siena invitó siempre a los sagrados ministros, también al Papa, a quien llamaba “dulce Cristo en la tierra», a ser fieles a sus responsabilidades, movida siempre y solo por su amor profundo y constante por la Iglesia. Antes de morir dijo: “Partiendo del cuerpo yo, en verdad, he consumido y dado la vida en la Iglesia y por la Iglesia Santa, lo cual me es de singularísima gracia» (Raimundo de Capua, S. Caterina da Siena, Legenda maior, n. 363).

De santa Catalina, por tanto, aprendemos la ciencia más sublime: conocer y amar a Jesucristo y a su Iglesia. En el Diálogo de la Divina Providencia, ella, con una imagen singular, describe a Cristo como un puente lanzado entre el cielo y la tierra. Está formado por tres escalones constituidos por los pies, el costado y la boca de Jesús. Elevándose a través de estos escalones, el alma pasa a través de las tres etapas de todo camino de santificación: el desapego del pecado, la práctica de las virtudes y del amor, la unión dulce y afectuosa con Dios.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos de santa Catalina a amar con valor, de forma intensa y sincera, a Cristo y la Iglesia. Hagamos nuestras para ello las palabras de santa Catalina que leemos en el Diálogo de la Divina Providencia, en la conclusión del capítulo que habla de Cristo-puente: «Por misericordia nos has lavado en la Sangre, por misericordia quisiste conversar con las criaturas. ¡Oh Loco de amor! ¡No te bastó encarnarte, sino que quisiste también morir! (…) ¡Oh misericordia! El corazón se me ahoga al pensar en ti: a dondequiera que me vuelva a pensar, no encuentro sino misericordia» (cap. 30, pp. 79-80). Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de Chile, España, México, República Dominicana y otros países latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo y la enseñanza de Santa Catalina de Siena, os invito a todos a amar a Cristo y a la Iglesia con un amor cada vez más intenso y sincero. Muchas Gracias.

Lluvia de Bendiciones para Ti.