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La Maternidad de María, Nuestra Madre …

 

El Concilio Vaticano II habla así de María al pie de la cruz: «También la Santísima Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado» (Lumen Gentium, 58.) . Consentir en la inmolación de la víctima que ella había engendrado fue como inmolarse a sí misma.

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«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» Evangelio según San Juan (Jn 19,25-30).

Al estar «de pie» junto a la cruz, la cabeza de María quedaba a la altura de la cabeza inclinada de su Hijo. Sus miradas se encontraron. Cuando le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Jesús la miró y por eso no sintió necesidad de llamarla por su nombre para distinguirla de las demás mujeres. ¿Quién podrá penetrar el misterio de aquella mirada entre la madre y el Hijo en aquella hora? Una alegría tremendamente dolorida pasaba de uno a otra, como el agua entre los vasos comunicantes, y esa alegría provenía del hecho de que ya no ofrecían la menor resistencia al dolor, de que estaban sin defensas ante el sufrimiento, de que se dejaban inundar libremente por él. A la lucha le sucedía la paz. Habían llegado a ser una sola con el dolor y el pecado de todo el mundo. Jesús en primera persona, como «víctima de propiciación por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2,2); María indirectamente, por su unión corporal y espiritual con su Hijo.

Lo último que hizo Jesús, antes de adentrarse en la oscuridad de la agonía y de la muerte, fue adorar amorosamente la voluntad de su Padre. María lo siguió también en eso: también ella adoró la voluntad del Padre antes de que descendiese sobre su corazón una terrible soledad y se hiciese la oscuridad en su interior, como se hizo la oscuridad «sobre toda aquella región» (cf Mt 27,45). Y aquella soledad y aquella adoración se quedaron clavadas allí, en el centro de su vida, hasta la muerte, hasta que llegó también para ella la hora de la resurrección.

Un salmo que la liturgia aplica a María dice: «Todos han nacido allí… Se dirá de Sión: ‘Uno por uno todos han nacido en ella…’ El Señor escribirá en el registro de los pueblos: ‘Éste ha nacido allí»’ (Sal 87,2ss). Es verdad: todos hemos nacido allí; se dirá de María, la nueva Sión: Uno por uno todos han nacido en ella. En el libro de Dios está escrito, de mí, de ti, de todos y cada uno, incluso de los que todavía no lo saben: «¡Este ha nacido allí!»

¿Pero no hemos sido regenerados por la «palabra de Dios, viva y duradera» (1 P 1,23)? ¿No hemos «nacido de Dios» (Jn 1,13) y renacido «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5)? Ciertísimo, pero eso no quita para que, en otro sentido, hayamos nacido también de la fe y del sufrimiento de María. Si Pablo, que era servidor de Cristo, pudo decir a sus fieles: «por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1 Co 4,15), ¡ con cuánta mayor razón podrá decirlo María, que es su Madre! ¿Quién, mejor que ella, puede hacer suyas aquellas palabras del Apóstol: «Hijos míos, a quienes doy a luz de nuevo» (Ga 4,19)? Ella nos da a luz «de nuevo» en este momento, porque nos ha dado ya a luz por primera vez en la encarnación, cuando entregó al mundo la «Palabra de Dios viva y eterna» que es Cristo, en la que hemos renacido.

 Desde el siglo XV. Algunos temían que se quisiera poner a María al mismo nivel de Cristo. En realidad, la enseñanza de la Iglesia destaca con claridad la diferencia entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, ilustrando la subordinación de la Virgen, en cuanto cooperadora, al único Redentor.

 Por lo demás, el apóstol Pablo, cuando afirma: «Somos colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), sostiene la efectiva posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios. La cooperación de los creyentes, que excluye obviamente toda igualdad con él, se expresa en el anuncio del Evangelio y en su aportación personal para que se arraigue en el corazón de los seres humanos.

 El término «cooperadora» aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio.

Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente ella fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad.

El particular papel de cooperadora que desempeñó la Virgen tiene como fundamento su maternidad divina. Engendrando a Aquel que estaba destinado a realizar la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo en el templo y sufriendo con él, mientras moría en la cruz, «cooperó de manera totalmente singular en la obra del Salvador» (Lumen gentium, 61). Aunque la llamada de Dios a cooperar en la obra de la salvación se dirige a todo ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad representa un hecho único e irrepetible

El Vaticano II no sólo presenta a María como la «madre del Redentor», sino también como «compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas», que colabora «de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor».

Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: «Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61).

Por tanto, podemos dirigirnos con confianza a la Virgen santísima, implorando su ayuda, conscientes de la misión singular que Dios le confió: colaboradora de la redención, misión que cumplió durante toda su vida y, de modo particular, al pie de la cruz.

María en el orden de la vida espiritual es nuestra querida Mamá…Feliz quien a descubierto la gracia de sabernos sus hijos…  

 

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Lluvia de Bendiciones para Ti.

No me da miedo morir junto a ti …

 

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Después de tanta soledad, de tanto invierno sin poder Amar… Después de tanto caminar, por un desierto para ir al mar; ahora que por fin siento que estás aquí, no me da miedo morir… junto a ti.

 

Pido silencio

 

Si tú te cansas de mirar tienes mis ojos para ver la luz. Si alguna vez no puedo más, tu corazón me hará latir aun ! 

Porque este gran amor, siempre podrá existir…no me da miedo morir… junto a ti .

Ya no podré dejarte más, yo soy el agua…tú la sal… Mi amor lo que el destino traerá, lo tomaremos por igual los dos. Y si en la eternidad voy a seguir así, no me da miedo morir… junto a ti.

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Nana Mouskouri

Lluvia de Bendiciones para Ti.

Jesús: Llena hoy mi ser…

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Si en tu exámen de conciencia reconoces que eres pecador, arrepiéntete y ve a Jesús, quien vino  para salvar a los pecadores,  ve a la Fuente de Misericordia. Él y sólo Él sacia nuestra alma de agua viva…

Jesucristo  nos dice: “el que cree en Mi, tiene vida eterna” Juan 6:47

Dame agua viva, llena hoy mi ser, ven y sáciame con tu verdad.
El don de Dios se nos ofrece gratuitamente en Jesucristo. El agua que se nos da en abundancia, fundamento de nuestra esperanza, es el amor Padre derramado en el Hijo, es decir en el gran desconocido, el Espíritu Santo Paráclito.

Él es quien nos habla… El agua que brota para la vida eterna, es e la única que sacia el anhelo de todo hombre: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo . ¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3).  –

Jesús: Llena hoy mi ser y sáciame con tu verdad…

Lluvia de Bendiciones para Ti.

«CUANDO YO ME VAYA»…

 

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Cuando yo me vaya, no quiero que llores, quédate en silencio, sin decir palabras, y vive recuerdos, reconforta el alma.
Cuando yo me duerma, respeta mi sueño, por algo me duermo; por algo me he ido.
Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada, y casi en el aire, con paso muy fino, búscame en mi casa, búscame en mis libros, búscame en mis cartas, y entre los papeles que he escrito apurada.
Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco. Mira los lugares por donde juntos un día pisamos… Recuerda ideas que de tarde en tarde se me imaginaban, todo ese proyecto que tanto soñamos. Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama, y cuando haga frío, ponte mis bufandas.
Te puedes comer todo el chocolate y beberte el vino que dejé guardado. Dejaré en algún platico floreado, de ribetes largos como era mi costumbre, alguna porción de esas ricas tortas que a Ti, te guardaba… Escucha esos temas que a mí me gustaban, trae a tu memoria las risas, miradas, que en silencios cómplices tu y yo cruzábamos… Y eso si te pido cuida de mis flores, mis árboles y riega mis plantas.

Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima, corre hacia el espacio, libera tu alma, palpa la poesía, la música, el canto y deja que el viento juegue con tu cara. Besa bien la tierra, toma toda el agua y aprende el idioma vivo de los pájaros.
Si me extrañas mucho, disimula el acto, búscame en los niños, el café, la radio y en el sitio ése donde me ocultaba.
No pronuncies nunca la palabra muerte. A veces es más triste vivir olvidada que morir mil veces y ser recordada.

Cuando yo me duerma, no me lleves flores a una tumba amarga, grita con la fuerza de toda tu entraña que el mundo está vivo y sigue su marcha.
La llama encendida no se va a apagar por el simple hecho de que no esté más.
Los hombres que “viven” no se mueren nunca, se duermen de a ratos, de a ratos pequeños, y el sueño infinito es sólo una excusa.

CARACOLES Cuando yo me vaya, extiende tu mano, y estarás conmigo sellada en contacto, y aunque no me veas, y aunque no me palpes, sabrás que por siempre estaré a tu lado.
Entonces, un día, sonriente y vibrante, sabrás que volví para no marcharme. —

Lluvia de Bendiciones para Ti.

Mi Amiga Alicia me llevó a recordar…

 

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El patio de las glicinas

El perfume de glicinas en el ambiente flotaba retrocediendo en el tiempo a aquellas tardes pasadas.

Como un techo en aquel patio ramilletes se asomaban ¡que intenso el azul violáceo que al lugar le regalaban!

Sigue impregnado el aroma en mi memoria olfativa me gustaría volver al patio de las glicinas.

Rústica madera vieja de aquel banco en que estudiaba cubierto de aquellas flores cuando el viento las volteaba.

Sutil y grato recuerdo dibujado en mi retina danzando los ramilletes en el patio de glicinas.

En aquel tazón humeante se mezclaban los olores los de granos de café con el perfume de flores.

Son recuerdos entrañables que me colman de alegría cerrar mis ojos y verme bajo el techo .

Mary Mura.

Es maravillo constatar que la vida está repleta de sensaciones, fragancias, expresiones, sentimientos que dejan remembranzas en lo más profunda de alma….

Las emociones que ciertas sensaciones nos hace procesar se ponen de manifiesto en los recuerdos importantes de pasajes que hemos vivido…

La fragancia me transporta a aquel olor agradable y suave que invadía el patio de Araceli, mi madrina… cuántos recuerdos!!! que se instalan y se vuelven a escapar, pero que están ahí, como guardados en un cofre de cristal para poder de tanto en tanto retroceder en el tiempo que se escapó como agua entre los dedos…

Estos estímulos que se sostienen en el tiempo, renacen los sentimientos de querer volver …de desplegar las alas en el viento…pero al mismo tiempo me doy cuenta que el presente que vivo es la siembra de aquellos que me ayudaron a crecer en la alegría de saberme amada por un Dios infinitamente bondadoso que me regala toda la creación que el mismo formó; para que viva conforme a su voluntad…y me deleita con la gracia de que aún sin verlos pueda recorrer en mi retina cada uno de esos lugares que un día pisé y que ya tienen mis huellas…

Gracias Alicia C. Amiga, a ti Dios te puso en mi camino para traer a mi memoria tan gratos recuerdos!…

Dios te Bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

 

Jesus Fuente de agua viva

Jn 4. 1,42-
 
Señor, danos el agua viva
que de tu pecho mana:
agua que para siempre
la sed del hombre apaga
danos, Señor, el agua viva…
 
… Jesús, fuente de agua viva, todo el que beba el agua que el da, no tendrá sed jamás. Se convertirá en él fuente de manantial que brota para la ‘vida eterna’.
 
 
Es imposible vivir sin agua. Dios Padre nos otorga en Cristo, la verdadera felicidad . La que no está en las ilusiones del mundo.
Jesús se acerca a nosotros, como se acercó a la Samaritana y nos invita a revisar a fondo nuestra vida y el sentido de nuestra fe cristiana, en la observancia del mandamiento del amor, de la apertura de corázon, alimentando y apagando la sed con su Espíritu que nos hace ser portadores de la Buena Noticia, intentando día a día caminar en la voluntad y prescencia de Dios. Jesús mira el corazón del hombre, escucha cuando le hablamos, cuando a él clamamos, ve la dilignecia que ponemos en comunicar a otros lo que hemos visto y oido, la salvación que nos viene de «Quién» todo nos da. Así también los demás puedan descubrir de donde viene la paz y la alegría que el mundo no ofrece,  para ser auténticos adoradores del Padre en espíritu y en verdad.
 
 
 
                                         [youtube]http://www.youtube.com/watch?v=XFQ4_pGYfeQ[/youtube]
 
 
 
 
 
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JESÚS FUENTE DE AGUA VIVA

 

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Señor, danos el agua viva                                                                                                                                                            que de tu pecho mana:
agua que para siempre
la sed del hombre apaga
danos, Señor, el agua viva.
… Jesús, fuente de agua viva:
Es imposible vivir sin agua.                                                                                                       

Dios Padre nos otorga en Cristo la fuente de agua viva .

Jesús se acerca a nosotros, como se acercó a la Samaritana y nos invita a revisar a fondo nuestra vida y el sentido de nuestra fe cristiana para ser auténticos adoradores del Padre en espíritu y verdad.