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La Maternidad de María, Nuestra Madre …

 

El Concilio Vaticano II habla así de María al pie de la cruz: “También la Santísima Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, 58.) . Consentir en la inmolación de la víctima que ella había engendrado fue como inmolarse a sí misma.

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Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” Evangelio según San Juan (Jn 19,25-30).

Al estar “de pie” junto a la cruz, la cabeza de María quedaba a la altura de la cabeza inclinada de su Hijo. Sus miradas se encontraron. Cuando le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Jesús la miró y por eso no sintió necesidad de llamarla por su nombre para distinguirla de las demás mujeres. ¿Quién podrá penetrar el misterio de aquella mirada entre la madre y el Hijo en aquella hora? Una alegría tremendamente dolorida pasaba de uno a otra, como el agua entre los vasos comunicantes, y esa alegría provenía del hecho de que ya no ofrecían la menor resistencia al dolor, de que estaban sin defensas ante el sufrimiento, de que se dejaban inundar libremente por él. A la lucha le sucedía la paz. Habían llegado a ser una sola con el dolor y el pecado de todo el mundo. Jesús en primera persona, como “víctima de propiciación por los pecados del mundo entero” (1 Jn 2,2); María indirectamente, por su unión corporal y espiritual con su Hijo.

Lo último que hizo Jesús, antes de adentrarse en la oscuridad de la agonía y de la muerte, fue adorar amorosamente la voluntad de su Padre. María lo siguió también en eso: también ella adoró la voluntad del Padre antes de que descendiese sobre su corazón una terrible soledad y se hiciese la oscuridad en su interior, como se hizo la oscuridad “sobre toda aquella región” (cf Mt 27,45). Y aquella soledad y aquella adoración se quedaron clavadas allí, en el centro de su vida, hasta la muerte, hasta que llegó también para ella la hora de la resurrección.

Un salmo que la liturgia aplica a María dice: “Todos han nacido allí… Se dirá de Sión: ‘Uno por uno todos han nacido en ella…’ El Señor escribirá en el registro de los pueblos: ‘Éste ha nacido allí”’ (Sal 87,2ss). Es verdad: todos hemos nacido allí; se dirá de María, la nueva Sión: Uno por uno todos han nacido en ella. En el libro de Dios está escrito, de mí, de ti, de todos y cada uno, incluso de los que todavía no lo saben: “¡Este ha nacido allí!”

¿Pero no hemos sido regenerados por la “palabra de Dios, viva y duradera” (1 P 1,23)? ¿No hemos “nacido de Dios” (Jn 1,13) y renacido “del agua y del Espíritu” (Jn 3,5)? Ciertísimo, pero eso no quita para que, en otro sentido, hayamos nacido también de la fe y del sufrimiento de María. Si Pablo, que era servidor de Cristo, pudo decir a sus fieles: “por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús” (1 Co 4,15), ¡ con cuánta mayor razón podrá decirlo María, que es su Madre! ¿Quién, mejor que ella, puede hacer suyas aquellas palabras del Apóstol: “Hijos míos, a quienes doy a luz de nuevo” (Ga 4,19)? Ella nos da a luz “de nuevo” en este momento, porque nos ha dado ya a luz por primera vez en la encarnación, cuando entregó al mundo la “Palabra de Dios viva y eterna” que es Cristo, en la que hemos renacido.

 Desde el siglo XV. Algunos temían que se quisiera poner a María al mismo nivel de Cristo. En realidad, la enseñanza de la Iglesia destaca con claridad la diferencia entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, ilustrando la subordinación de la Virgen, en cuanto cooperadora, al único Redentor.

 Por lo demás, el apóstol Pablo, cuando afirma: «Somos colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), sostiene la efectiva posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios. La cooperación de los creyentes, que excluye obviamente toda igualdad con él, se expresa en el anuncio del Evangelio y en su aportación personal para que se arraigue en el corazón de los seres humanos.

 El término «cooperadora» aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio.

Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente ella fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad.

El particular papel de cooperadora que desempeñó la Virgen tiene como fundamento su maternidad divina. Engendrando a Aquel que estaba destinado a realizar la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo en el templo y sufriendo con él, mientras moría en la cruz, «cooperó de manera totalmente singular en la obra del Salvador» (Lumen gentium, 61). Aunque la llamada de Dios a cooperar en la obra de la salvación se dirige a todo ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad representa un hecho único e irrepetible

El Vaticano II no sólo presenta a María como la «madre del Redentor», sino también como «compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas», que colabora «de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor».

Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: «Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium, 61).

Por tanto, podemos dirigirnos con confianza a la Virgen santísima, implorando su ayuda, conscientes de la misión singular que Dios le confió: colaboradora de la redención, misión que cumplió durante toda su vida y, de modo particular, al pie de la cruz.

María en el orden de la vida espiritual es nuestra querida Mamá…Feliz quien a descubierto la gracia de sabernos sus hijos…  

 

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Lluvia de Bendiciones para Ti.

AMÉN…

  Es mucho más el dolor de permanecer apretado en el capullo… que el riesgo que se corre al florecer…

imagesCAL1SM15          Amén (en hebreo, amen; es una palabra semítica que suele traducirse como «así sea», con un sentido aprobatorio, o «así es», como símbolo de reafirmación.

Esta palabra es una de las aclamaciones litúrgicas más frecuentes,y se utiliza generalmente como fórmula para concluir las oraciones.

El significado real de la palabra es ‘en verdad’, ‘ciertamente’ o ‘que conste’. Se la utiliza también como significado de ‘palabra de Dios’ . En efecto, la raíz de este adverbio implica firmeza, solidez, seguridad, y en hebreo es la misma que se utiliza para el vocablo «fe».

Algo nuevo Dios hará en ti, hoy Is. 43-19.

Con cada dificultad, y con cada problema Dios ha preparado una bendición para Ti… Asi que confía y espera en Él…

Por lo mismo Señor pongo mi vida en tus manos.

Dios te Bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

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EN UN DÍA COMO HOY… ASUNCIÓN EN CUERPO Y ALMA …

En toda la cristiandad se celebra el día 15 de agosto la fiesta solemne de la Asunción al cielo de nuestra Señora la Virgen María, madre de Dios y madre nuestra.

En 1950 se declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo.

El dogma de la Asunción indica que la Madre de Dios, tras su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. Fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentissimus Deus:

“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos”

La importancia de la Asunción para nosotros, se  basa en la relación que hay entre la Resurrección de Cristo y la nuestra.

La presencia de María, ser humano como nosotros, se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo siendo eso: una anticipación de nuestra propia resurrección.

 

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                                          LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

               Virgen pura, hoy quiere Dios Que subáis del suelo al Cielo,
Pues cuando quisisteis vos,
Él bajó del Cielo al suelo.

Si en la tierra daros quiso
Dios del bien que allá tenía,
¿Qué os dará en el paraíso,
Donde todo es alegría?
El amor vuestro y de Dios
Hoy se encuentran en el vuelo,
Pues por Él a Dios váis vos,
Y Él a vos vino del Cielo.

El Padre os da la corona,
El Hijo su diestra mano,
Y la Tercera Persona
Os da su amor soberano.
AIcanzáis, Virgen, de Dios
Premios, honras y consuelo,
Y por Él sois Cielo vos,
Y Él por vos hombre en el suelo.

Juan López de Ubeda

 “Hijos míos, el verdadero nombre de esta fiesta, debería ser: ‘La fiesta de la Divina Voluntad’.

Fue la voluntad humana la que cerró el Cielo, que destrozó los vínculos con su Creador, la que hizo salir todas las miserias, el dolor, y que puso término a las fiestas que la criatura debía gozar en el Cielo.

Ahora, esta criatura, Reina de todos, con hacer siempre y en todo la Voluntad del Eterno, es más, se puede decir que su vida fue sólo la Voluntad Divina, abrió el Cielo, se vinculó con el Eterno e hizo volver las fiestas en el Cielo con la criatura; cada acto que hacía en la Voluntad Suprema era una fiesta que iniciaba en el Cielo, eran soles que formaba como ornamentos de esta fiesta,   eran músicas que enviaba para alegrar la Jerusalén Celestial.

Así que la verdadera causa de esta fiesta es la Voluntad Eterna obrante y cumplida en mi Mamá Celestial, que obró tales prodigios en Ella, que dejó estupefactos a Cielos y tierra, encadenó al Eterno con los vínculos indisolubles de amor, raptó al Verbo Eterno hasta su seno, los mismos ángeles, raptados, repetían entre ellos:

‘¿De dónde tanta gloria, tanto honor’?…

Lluvia de Bendiciones para Ti.

JUEVES SACERDOTAL

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ORACIÓN

Oh Jesús mío, te ruego por toda la Iglesia:
concédele el amor y la luz de tu Espíritu
y da poder a las palabras de los sacerdotes
para que los corazones endurecidos
se ablanden y vuelvan a ti, Señor.
Señor, danos sacerdotes santos;
Tú mismo consérvalos en la santidad.
Oh Divino y Sumo Sacerdote,
que el poder de tu misericordia
los acompañe en todas partes y los proteja
de las trampas y asechanzas del demonio,
que están siendo tendidas incesantemente para las almas de los sacerdotes.
Que el poder de tu misericordia,
oh Señor, destruya y haga fracasar
lo que pueda empañar la santidad de los sacerdotes,
ya que tú lo puedes todo.
Oh mi amadísimo Jesús,
te ruego por el triunfo de la Iglesia,
por la bendición para el Santo Padre y todo el clero,
por la gracia de la conversión de los pecadores empedernidos.
Te pido, Jesús, una bendición especial y luz
para los sacerdotes,
ante los cuales me confesaré durante toda mi vida.
(Santa Faustina Kowalska)

El sacrificio de la Santa Misa se ofrece a Dios para cuatro fines: 1º., para honrarle como conviene, y por esto se llama latréutico; 2º., para agradecerle sus beneficios, y por esto se llama eucarístico; 3º., para aplicarle, para darle alguna satisfacción de nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del purgatorio, por lo cual se llama propiciatorio; 4º., para alcanzar todas las gracias que nos son necesarias, y por esto se llama impetratorio.

PAPA FRANCISCO

La alegría de la paternidad pastoral

Miércoles 26 de junio de 2013

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 26, viernes 28 de junio de 2013

La gracia de la paternidad. Fue el tema en el que se centró el Papa Francisco en su homilía del 26 de junio. Destacando que «todos nosotros, para ser maduros, debemos sentir la alegría de la paternidad». Un tema —añadió a continuación— que es válido también en el caso del celibato sacerdotal, porque «paternidad es dar vida a los demás»: para los sacerdotes será, por lo tanto, «la paternidad pastoral, la paternidad espiritual», que es siempre y de todas formas «dar vida, convertirse en padres».

El Papa Bergoglio hizo referencia a las lecturas del día, deteniéndose sobre todo en la primera, del libro del Génesis (15, 1-12.17-18), que habla de la alianza de Abrahán con el Señor. Nuestro padre en la fe —explicó— «sentía que el Señor le quería mucho, que le había prometido muchas cosas, pero sentía la necesidad de un hijo»; percibía dentro de sí «ese grito propio de la naturaleza: yo quiero tener un hijo». Entonces —recordó el Pontífice— habló con el Señor de su «deseo de convertirse en padre». Porque «cuando un hombre no tiene este deseo» hay algo que falta en él, «algo no funciona».

La paternidad de Abrahán se ve de nuevo en otro episodio: el momento «muy bello en el que prepara el sacrificio: toma los animales, los divide, pero llegan las aves rapaces. Y a mí me conmueve verdaderamente —reconoció el Papa— ver a este hombre de noventa años con el bastón en la mano que defiende el sacrificio, que defiende lo que es suyo». Se trata de una imagen que el Papa Francisco asocia a la de «un padre cuando defiende a la familia», de «un padre que sabe» qué significa «defender a los hijos». Y ello —prosiguió— «es una gracia que nosotros sacerdotes debemos pedir: la gracia de la paternidad pastoral, de la paternidad espiritual».

Nosotros los laicos ofrezcamos por medio del Corazón Divinísimo de Jesús, al menos los días Jueves que están dedicados a la Sagrada Eucaristía y a los Sacerdotes, en la unidad con el Sumo y Eterno Sacerdote que conceda esta gracia a sus hijos prdilectos del mundo entero, a los que Él llamó a lo largo de los siglos…

Dijo Santa Catalina de Siena : he elegido a mis ministros para vuestra salvación, a fin de que por ellos os sea administrada la sangre del humilde e inmaculado Cordero, mi Hijo unigénito” (Diálogo N° 110: 257-258).

Dios te Bendiga, Hoy, Mañana y Siempre.

 

Amor de los amores … CUERPO DE CRISTO

 

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iglesia-universal-realizara-un-gesto-unico-el-L-ZpX2dy    «El papa Francisco, con motivo del Año de la Fe, ha convocado a toda la Iglesia a un gesto único: que en la tarde del domingo 2 de junio, día en que la mayor parte de la Iglesia Católica celebra la solemnidad del Corpus Christi, y a la misma hora, todos los católicos del mundo nos unamos en un gesto unánime de comunión con el Señor, y también de comunión con el Vicario de Cristo, con todo el Colegio Episcopal, y con toda la Iglesia extendida por toda la tierra, en una hora de adoración al Santísimo Sacramento»
Ese gesto tendrá lugar el día 2 de junio desde las 17.00 a las 18.00 horas, hora de Roma, y se hará simultáneamente en todas las catedrales del mundo, y también a la vez en todas aquellas parroquias e iglesias de cada diócesis en las que sea posible.
«El gesto al que el Papa nos ha convocado es una forma preciosa de hacer visible la comunión de la Iglesia como pueblo de Dios y como esposa y cuerpo de Cristo, esto es, como realidad humana social que tiene una configuración del todo peculiar, configuración que nace del don del Espíritu Santo y de la forma específicamente eucarística que Cristo ha querido darle», concluye monseñor Martínez en su carta pastoral.

 

 ¿Conocemos la historia de Corpus Christi?

Antiguamente -y todavía hoy en muchos países católicos- se celebra esta fiesta con una procesión solemne, en la que se lleva expuesto al Santísimo Sacramento de la Eucaristía por las principales calles de la ciudad, acompañados con flores, cirios, oraciones, himnos y cantos de los fieles. ¿Conocemos el origen y el significado de esta celebración?
Hasta hace algunos años, esta solemnidad se celebraba en día de jueves, dado que esta fiesta nació como una prolongación del Jueves Santo, y cuyo fin era tributar un culto público y solemne de adoración, de amor y gratitud a Jesús presente en la Eucaristía, por ese regalo maravilloso que nos dio en la Última Cena, cuando quiso quedarse con nosotros para siempre en el sacramento del altar.

La solemnidad del Corpus Christi se remonta al siglo XIII.
Se cuenta que en el año 1264, un sacerdote procedente de la Bohemia, un tal Pedro de Praga, dudoso sobre el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, acudió en peregrinación a Roma para invocar sobre la tumba del apóstol San Pedro el robustecimiento de su fe. Al volver de la Ciudad Eterna, se detuvo en Bolsena y, mientras celebraba el santo sacrificio de la misa en la cripta de santa Cristina, la sagrada Hostia comenzó a destilar sangre hasta quedar en el corporal completamente mojado.

La noticia del prodigio se regó como pólvora, llegando hasta los oídos del Papa Urbano IV, que entonces se encontraba en Orvieto, una población cercana a Bolsena. Impresionado por la majestuosidad del acontecimiento, ordenó que el sagrado lino fuese transportado a Orvieto y, comprobado el milagro, instituyó enseguida la celebración de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia entera quiere honrar solemnemente y tributar un especial culto de adoración a Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía, memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección por amor a nosotros, banquete sacrifical y alimento de vida eterna. Desde aquel primer Jueves Santo, cada misa que celebra el sacerdote en cualquier rincón de la Tierra tiene un valor redentor. No sólo “recordamos” la Pascua del Señor, sino que “revivimos” realmente los misterios sacrosantos de nuestra redención, por amor a nosotros. ¡Gracias a ellos, nosotros podemos tener vida eterna!.

 

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Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias.      A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.
Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

Santo Tomas de Aquino.

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  • ¿Qué es la Eucaristía? La Eucaristía es uno de los siete Sacramentos. Nos recuerda el momento en el que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Éste es el alimento del alma. Así como nuestro cuerpo necesita comer para vivir, nuestra alma necesita comulgar para estar sana. Cristo dijo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.”
  • ¿En qué nos ayuda la Eucaristía?
    Todos queremos ser buenos, ser santos y nos damos cuenta de que el camino de la santidad no es fácil, que no bastan nuestras fuerzas humanas para lograrlo. Necesitamos fuerza divina, de Jesús. Esto sólo será posible con la Eucaristía. Al comulgar, nos podemos sentir otros, ya que Cristo va a vivir en nosotros. Podremos decir, con San Pablo: “Vivo yo, pero ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí.”
  • ¿En qué parte de la Misa se realiza la Eucaristía?
    Después de rezar el Credo, se llevan a cabo: el ofertorio, la consagración y la comunión. Ofertorio: Es el momento en que el sacerdote ofrece a Dios el pan y el vino que serán convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Nosotros podemos ofrecer, con mucho amor, toda nuestra vida a Dios en esta parte de la Misa. Consagración: Es el momento de la Misa en que Dios, a través del sacerdote, convierte el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. En este momento nos arrodillamos como señal de amor y adoración a Jesús, Dios hecho hombre, que se hace presente en la Eucaristía. Comunión: Es recibir a Cristo Eucaristía en nuestra alma, lo que produce ciertos efectos en nosotros:

    1. nos une a Cristo y a su Iglesia,
    2. une a los cristianos entre sí,
    3. alimenta nuestra alma,
    4. aumenta en nosotros la vida de gracia y la amistad con Dios,
    5. perdona los pecados veniales,
    6. nos fortalece para resistir la tentación y no cometer pecado mortal.
  • ¿Qué condiciones pone la Iglesia para poder comulgar?
    La Iglesia nos pide dos condiciones para recibir la comunión:

    1. Estar en gracia, con nuestra alma limpia todo pecado mortal.
    2. Cumplir el ayuno eucarístico: no comer nada una hora antes de comulgar.
  • ¿Cada cuánto puedo recibir la Comunión Sacramental?
    La Iglesia recomienda recibir la Comunión siempre que vayamos a Misa. Es obligación recibir la Comunión, al menos, una vez al año en el tiempo de Pascua, que son los 50 días comprendidos entre el Domingo de Resurrección y el Domingo de Pentecostés.
  • ¿Qué hacer después de comulgar?
    Se recomienda aprovechar la oportunidad para platicarle a Dios, nuestro Señor, todo lo que queramos: lo que nos alegra, lo que nos preocupa; darle gracias por todo lo bueno que nos ha dado; decirle lo mucho que lo amamos y que queremos cumplir con su voluntad; pedirle que nos ayude a nosotros y a todos los hombres; ofrecerle cada acto que hagamos en nuestra vida.
  • ¿Qué hacer cuando no se puede ir a comulgar?

Se puede llevar a cabo una comunión espiritual. Esto es recibir a Jesús en tu alma  rezando la siguiente oración:

comunion_espiritualHoy como ayer, en todo el mundo la Iglesia vive de la fe en Jesús presente en la Eucaristía; es por ello que la Liturgiaes la cumbre y fuente de toda la vida de la Iglesia, de ella dimana toda su fuerza y dinamismo; de la Presencia de Jesús en la Eucaristía la Iglesia aprende a ser y estar en el mundo para darse todo; podríamos decir que es la fuente de su identidad y el alimento que la sostiene en el camino.

“Jesús Sacramentado es y debe ser para ustedes el único y verdadero amigo”. Don Bosco.

Fuente : Catholic.net.  Ensegundos.net.

Lluvia de Bendiciones para Tí.

María Ciudad de Dios…

Lucero del alba, flor de las flores ,                                                                         gloriosa Santa María.

Azucena blanca de pureza virginal,                                                                      gloriosa  Santa María.

Belleza incomparable, amor maternal,                                                               gloriosa  Santa María.

Templo sagrado, morada de Dios,                                                                         gloriosa  Santa María.

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Para una perfección particular es necesario la total y absoluta entrega en cuerpo y alma a la Madre del “Amado”.

Si honrrar a María Santísima es necesario a todos los hombres para alacanzar la salvación, lo es mucho más  a los que son llamados a una perfección excepcional. Nadie puede llegar a una íntima unión con el Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, “sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro”.

Sólo María halló gracia delante de Dios, sin auxilio de ninguna creatura. Sólo por Ella han hallado gracia ante Dios cuantos después de Ella la han alcanzado y sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro.

Ya estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel Gabriel. María quedó sobreabundantemente llena de gracia, cuándo el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y siguió creciendo de día en día y de momento en momento en esta doble plenitud, de tal manera que llegó a un grado inmenso e incomprensible de gracia.

Por ello el Altísimo la ha constituído Tesorera única de sus riquezas y única dispensadora de sus gracias para que embellezca, levante y enriquezca a quien Ella quiera; haga transitar por la estrecha senda del cielo a quien Ella quiera; introduzca por la angosta senda de la vida a quien Ella quiera; y dé el trono, el cetro y la corona regia a quien Ella quiera.

Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de María. Y María, es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de la vida y la verdadera Madre que lo produce. Sólo a María ha entregado Dios las llaves que dan entradas a las “bodegas del Amor Divino” y el poder de permitir de que otros entren por los caminos más sublimes y secretos de la perfeccióm.

Sólo María permite la entrada en el paraíso terrestre a los pobres hijos de la Eva infiel para pasearse allí agradablemente con Dios, ocultarse de los enemigos con seguridad, alimentarse deliciosamente sin temer ya a la muerte, del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal, y beber a boca llena las aguas celestiales de la hermosa fuente que allí mana en abundancia. Mejor dicho, siendo Ella misma este paraíso terrestre o esta tierra virgen y bendita de la que fueron arrojados Adán y Eva pecadores, permite entrar solamente aquellos a quienes le place para hacerlos llegar a la santidad.

De siglo en siglo, pero de modo especial hacia el fin del mundo, todos los “ricos del pueblo suplicarán su socorro”. San Bernardo comenta estas palabras del Espíritu Santo en la forma siguiente: los mayores santos, las personas más ricas en gracia y virtud son las más asiduos en rogar a la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imitar y la ayuda eficáz que les debe socorrer.

He dicho que esto acontecerá especialmente hacia el fin del mundo y muy pronto por que el Altísimo y su Santísima Madre han de formar grandes santos que superarán en santidad a la mayoría de los otros santos cuantos los cedros del Líbano excedrán los arbustos. Ellos tendrán un especial devoción a María, quien les esclarecerá  con su luz,  les alimentará con su leche, les sostendrá con su brazo y les protegerá con su socorro, de suerte que combatirán con una mano y construirán con la otra.

Con una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus divisiones, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades. Con la otra edificarán el templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir la Santísima Virgen, llamada precisamente por los Padres:                                               “TEMPLO DE SALOMÓN Y CIUDAD DE DIOS”

Con sus palabras y ejemplos atraerán a la verdadera devoción a María. Esto les grangeará muchos enemigos, pero también muchas victorias y gloria para Dios solo. Así lo reveló Dios a San Vicente Ferrer, gran apóstol de su siglo, como lo consignó en uno de sus escritos.  Es lo que parece haber predicho el Espíritu Santo con las palabras del salmista:

Y sepan que Dios domina a Jacob, hasta los confines de la tierra. Regresan a la tarde aún como perros, rondan por la ciudad en busca de comida…

                                                                                                                                                        Esta ciudad a la que acudirán los hombres  al final del mundo para convertirse y saciar  su hambre de justicia es la Santísima Virgen a quien el Espíritu Santo llama “Morada… Lucero del alba… Azucena blanca… Belleza incomparable… Templo sagrado… Ciudad de Dios”…

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Fuente: Tratado de la  Verdadera Devoción. L G. M Montfort.

Lluvia de Bendiciones para Tí.

SALMO 8

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Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

 

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Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
7le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. «El hombre (…) se nos revela como el centro de esta empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, su espíritu, su vida» (Ángelus del 13 de julio de 1969: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio de 1969, p. 2).

Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los astronautas norteamericanos a punto de partir hacia la luna el texto del salmo 8, que acaba de resonar aquí, para que entrara en los espacios cósmicos.

En efecto, este himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una «caña» frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una «caña pensante» que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, «coronado» por Dios mismo (cf. Sal 8,6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo: «Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (vv. 2 y 10).

2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A estos se les califica de «adversarios», «enemigos» y «rebeldes», porque creen erróneamente que con su razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13,1).

Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta: «¿Qué es el hombre?» (Sal 8,5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es «tuyo», «has creado» la luna y las estrellas, que son «obra de tus dedos» (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común: «obra de tus manos» (cf. v. 7): Dios ha creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas.

3. Por eso, la primera reacción es de asombro: ¿cómo puede Dios «acordarse» y «cuidar» (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa: al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda: lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).

Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo ha «coronado» como un virrey, destinándolo a un señorío universal: «Todo lo sometiste bajo sus pies», y el adjetivo «todo» resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala: a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.

Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, «el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios» (n. 12).

4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones, cuando precisa que Dios «formó al hombre para que dominase sobre los seres creados (…) y administrase el mundo con santidad y justicia» (Sb 9,2-3). También Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios: «¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?» (Jb 7,17-18). La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.

A diferencia de los seres humanos que humillan a sus semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre perfecto, «coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios experimentó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). Reina sobre el universo con el dominio de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 Pe 3,13). Más aún, su autoridad regia -como sugiere el autor de la carta a los Hebreos aplicándole el salmo 8- se ejerce a través de la entrega suprema de sí en la muerte «para bien de todos».

Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que sirve y se consagra a los demás: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). De este modo, recapitula en sí «lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1,10). Desde esta perspectiva cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la creación no con el dominio, sino con el amor.

Audiencia general del Miércoles 26 de junio de 2002.

LLuvia de Bendiciones para Tí.